La obesidad y la diabetes tipo 2 se han convertido en dos de los grandes problemas de salud del siglo XXI. Cada vez afectan a más personas y, según los expertos, no se trata solo genética, sino de hábitos diarios que repetimos. La doctora Isabel Belaustegui, médica e investigadora especializada en metabolismo, inflamación y ayuno, afirma que "de tanta insulina, nuestras células se hacen sordas a ella y desarrollamos diabetes tipo 2”.
Belaustegui lleva años divulgando sobre cómo funciona el cuerpo humano y por qué la alimentación moderna está detrás de buena parte de las enfermedades metabólicas. En su experiencia clínica, el problema no es únicamente lo que comemos, sino la frecuencia con la que lo hacemos y el tipo de combustible que elegimos para el organismo.
La insulina es una hormona esencial para la vida. Su función principal es permitir que la glucosa entre en las células y se convierta en energía. El problema aparece cuando se estimula de forma constante. “Cuando basamos nuestra dieta en azúcares y carbohidratos de rápida absorción, estamos obligando al cuerpo a producir insulina una y otra vez”, explica la doctora. Con el tiempo, esa sobreexposición tiene consecuencias.
Según Belaustegui, las células terminan perdiendo sensibilidad a la insulina. “Es como si dejaran de escucharla. Al principio el páncreas responde produciendo aún más, pero llega un momento en el que el sistema se descompensa y aparece la resistencia a la insulina, antesala de la diabetes tipo 2”, señala.
Este proceso no ocurre de la noche a la mañana. Es silencioso y progresivo, y suele ir acompañado de aumento de peso, inflamación crónica, cansancio persistente y dificultad para adelgazar, incluso cuando se intenta “comer bien”.
Más allá del conteo de calorías
Uno de los mensajes que más repite la especialista es que el control del peso no depende solo de contar calorías. “Nos han hecho creer que engordamos porque comemos mucho, pero el cuerpo no funciona como una simple calculadora”, afirma. Lo determinante es la respuesta hormonal que generan los alimentos.
Por eso insiste en revisar la base de la dieta. El exceso de productos ultraprocesados, harinas refinadas y azúcares provoca picos de glucosa que obligan al organismo a segregar grandes cantidades de insulina. “Esa hormona no solo regula el azúcar en sangre, también le dice al cuerpo que almacene grasa y que frene su quema”, añade.
En paralelo, defiende el papel de las grasas saludables, demonizadas durante décadas. “Nuestro cerebro es grasa, muchas hormonas son grasa y nuestras membranas celulares también. Necesitamos grasa para vivir”, recuerda. Aceite de oliva virgen extra, aguacate, pescado azul o huevos forman parte de ese combustible que ayuda a estabilizar la energía y evitar los altibajos metabólicos.
Otro de los errores habituales, según Belaustegui, es comer constantemente. “No necesitamos ingerir alimentos tantas veces al día ni en tanta cantidad”, advierte. Dar descanso al sistema digestivo permite que el metabolismo funcione de forma más eficiente.
En este punto, el ayuno intermitente aparece como una herramienta útil, siempre que se aplique con sentido común. Retrasar el desayuno o alargar las horas sin comer favorece la llamada flexibilidad metabólica, es decir, la capacidad del cuerpo para alternar entre glucosa y grasa como fuente de energía. “Eso protege frente a la resistencia a la insulina y mejora el control del peso”, explica.
La doctora también subraya la relación entre alimentación, inflamación y enfermedades crónicas. La inflamación es un mecanismo de defensa natural, pero cuando se mantiene en el tiempo se vuelve perjudicial. “Está en la base de la obesidad, la diabetes tipo 2, los problemas cardiovasculares y muchas otras patologías”, apunta.
De nuevo, los hábitos diarios marcan la diferencia. Dietas ricas en azúcares, estrés constante, sedentarismo y falta de sueño alimentan ese estado inflamatorio. En cambio, una alimentación basada en productos naturales, descanso adecuado y movimiento diario ayudan a revertirlo.
Para Isabel Belaustegui, uno de los grandes aprendizajes es volver a escuchar las señales del organismo. “Cansancio, hinchazón, hambre constante o niebla mental no son normales, aunque se hayan normalizado”, afirma.