Desde que hace siete años me diagnosticaron diabetes, que ha ido empeorando porque empecé con metformina, luego vino el Toujeo y, últimamente, ya fue la HumAprida, he dejado de tener fe en Dios. Me parece repugnante que exista un Dios que permita este tipo de enfermedades a gente que realmente no hemos hecho ningún mal en la faz de la Tierra.

Esta vida es una puta broma asquerosa, es un puto chiste de mal gusto. No poder cenar tranquilo, cenar mierda para que luego, a partir de las 3 de la mañana, note subidas de glucosa. No poder quedar con amigos, con amistades o con nuevos conocidos tranquilamente para cenar, porque te van a servir hidratos de carbono y grasas saturadas en las cenas.

Lo más repugnante de todo es que en el hospital te dijeron: “No te preocupes, vida normal”. ¿Vida normal? Eso es lo que te decían: “vida normal”. Cómo se nota que tú eres un cero a la izquierda para ellos. No es que seas un cero a la izquierda; eres el cero a la izquierda del cero a la izquierda, porque el cero a la izquierda simple al menos le da valor a un decimal, pero el que está a la izquierda de ese cero no da valor a nada.


Qué asco. No sabéis las veces que veo el calendario y me digo: “¿Cuánto me queda para morir?”. Me queda demasiado.