Ayer viví una de esas situaciones que, si tienes diabetes, probablemente entenderás perfectamente.
Había quedado para cenar con una amiga. Antes de la cena tenía sesión de fisioterapia para seguir recuperándome de una lesión en el gemelo que me hice hace tres semanas. Ha sido una elongación distal que me ha tenido dos semanas con muletas y prácticamente sin hacer ningún tipo de ejercicio o deporte.
Salí de trabajar y fui caminando hasta la clínica. Entre el paseo y los ejercicios de recuperación (casi todos de fuerza), a los 30 minutos ya estaba en plena bajada de glucosa. De esas que notas venir con claridad.
Unas cuantas pastillas de glucosa, esperar unos minutos... y solucionado. Bueno, solucionado entre comillas, porque siempre queda esa sensación rara en el cuerpo después de una hipoglucemia.
La cena era a unos 30 km de casa, así que fui en moto por autopista. Mucho calor, bastante viento... y aunque no lo parezca, también supone un pequeño esfuerzo físico.
Nada más llegar al restaurante empecé otra vez a notar los síntomas. Miré el sensor... otra flecha hacia abajo.
Segunda hipoglucemia de la tarde. Esta vez cayeron varias galletas y alguna pastilla más de glucosa para remontar. Y aquí empezó la parte divertida... o no.
Como algunos sabéis, llevo una bomba de insulina YpsoPump. Antes de salir de casa ya había visto que el cartucho de insulina estaba casi vacío, así que, por precaución, metí un cartucho nuevo en la mochila para cambiarlo cuando llegara el momento.
Pues ese momento llegó nada más sentarnos en la mesa. El móvil empezó a sonar con la alarma indicando que la insulina se había agotado.
Pensé: "No pasa nada, cambio el cartucho y seguimos."
Abrí la mochila... saqué el recambio... y me encontré el cartucho completamente roto.
La insulina estaba desparramada dentro de la bolsa. Nunca me había pasado algo así. Imagino que, entre las cosas que llevaba en la mochila, alguna hizo presión y terminó partiéndolo.
Y ahí llegó ese momento de bloqueo que seguro que muchos conocéis. "¿Y ahora qué hago?"
Por un instante pensé en cancelar la cena y volverme directamente a casa. Pero mientras intentaba decidir qué hacer, toda la glucosa que había tomado para remontar la segunda hipoglucemia empezó a hacer efecto... sin insulina disponible para corregir.
220 mg/dl...
250 mg/dl...
275 mg/dl...
Y la cabeza empieza a ir demasiado deprisa. No porque una glucosa de 300 mg/dl durante un rato sea una emergencia, sino porque sabes que no puedes hacer nada para frenarla.
Le expliqué la situación a la persona con la que había quedado. Y aquí vino lo que más me sorprendió de toda la noche. Sin conocer especialmente la diabetes, reaccionó con una tranquilidad enorme.
Me dijo que podíamos ir a una farmacia a buscar un recambio, o incluso que no pasaba absolutamente nada si prefería volver a casa a por otro cartucho y retomar la cena después.
No hubo caras raras.
No hubo prisas.
No hubo ese típico "bueno, ya se te pasará".
Simplemente intentó ayudar y hacerme sentir cómodo.
Al final decidí volver a casa a buscar otro cartucho.
Y, sinceramente, hasta que no tuve uno nuevo en las manos y la bomba funcionando otra vez, no desapareció esa sensación de agobio, estrés e incluso un poco de ansiedad.
Creo que quienes vivimos con diabetes sabemos que muchas veces no es solo la glucosa. Es la sensación de perder el control de una situación que normalmente tenemos muy medida.
Por suerte, todo quedó en una anécdota y la cena pudo continuar.
Eso sí... desde ayer tengo claro que, además del cartucho de repuesto, probablemente empiece a llevar dos, y mejor protegidos.
¿Os ha pasado alguna vez algo parecido?
¿Habéis tenido alguna avería con la bomba, un olvido o cualquier imprevisto que os haya hecho pensar: "Ahora sí que tengo un problema"?
Me gustaría leer vuestras experiencias. Muchas veces compartir estas situaciones ayuda a que otros estemos mejor preparados cuando nos toque vivir algo parecido.
Saludos,