Hay noticias sobre diabetes que cuesta leer. Y esta es una de ellas.

Un joven de 17 años, migrante y residente en un centro de menores de Ceuta, ha fallecido por complicaciones asociadas a una hipoglucemia severa. Tenía diabetes tipo 1.

Según la información publicada, el chico estaba controlado, seguía su tratamiento y era descrito como responsable y colaborador. Le medían la glucosa varias veces al día: antes de las comidas, en la merienda, en la cena y también antes de acostarse. Aun así, había sufrido oscilaciones importantes de glucosa, con subidas y bajadas pronunciadas.

La madrugada del fallecimiento había pedido a un compañero que le despertara temprano para rezar. Cuando fue a avisarle, lo encontró sin respuesta. Se intentó reanimarlo, pero ya no se pudo hacer nada.

Como persona con diabetes tipo 1, leer algo así impresiona especialmente porque recuerda una realidad que a veces se pierde entre sensores, bombas, aplicaciones y cifras: una hipoglucemia grave puede convertirse en una emergencia médica.

También hay algo que me parece importante decir. Tener controles aparentemente normales durante el día no significa que el riesgo desaparezca. La glucosa puede cambiar rápidamente, especialmente durante la noche, y existen hipoglucemias nocturnas que pueden pasar inadvertidas mientras dormimos.

Eso no significa que debamos vivir con miedo. La inmensa mayoría de las hipoglucemias se detectan y se resuelven sin consecuencias graves. La tecnología actual, especialmente los sensores continuos de glucosa con alarmas, ha mejorado muchísimo nuestra seguridad. Pero precisamente por eso noticias como esta deberían servirnos para recordar la importancia de disponer de protocolos adecuados cuando una persona con diabetes depende también del cuidado de terceros.

En un centro donde viven menores con diabetes tipo 1, no basta únicamente con medir la glucosa varias veces al día. Es fundamental que quienes les acompañan sepan reconocer una hipoglucemia, cómo actuar rápidamente, cuándo utilizar glucagón y cuándo pedir ayuda sanitaria.

También sería importante conocer qué sistema de monitorización utilizaba este joven, si disponía de sensor continuo de glucosa, si existían alarmas nocturnas y qué ocurrió exactamente durante esas horas. La autopsia y la investigación deberán aclararlo antes de sacar conclusiones.

Porque cuando hablamos de diabetes tipo 1 no hablamos simplemente de “tener el azúcar alto”. Estamos hablando de una enfermedad que exige decisiones constantes, las 24 horas del día, incluso mientras dormimos.

Y este caso tiene además una dimensión especialmente dolorosa: hablamos de un chico de 17 años que estaba lejos de su familia, dentro de un sistema de protección que actualmente se encuentra sometido a una enorme presión por la llegada de menores migrantes a Ceuta.

Más allá del contexto político o migratorio, aquí hay una realidad muy sencilla: era un adolescente con diabetes que necesitaba cuidados, seguridad y acompañamiento.

Ojalá se esclarezca exactamente qué ocurrió.

Y ojalá también sirva para revisar los protocolos de atención a menores con diabetes en centros de acogida, residencias, colegios, campamentos y cualquier otro lugar donde una persona con diabetes dependa parcialmente de que quienes están a su alrededor sepan cómo actuar.

Porque convivir con diabetes implica aprender a manejar muchas situaciones. Pero cuando hablamos de niños y adolescentes, esa responsabilidad nunca debería recaer únicamente sobre ellos.

Saludos,