Hay frases que te hacen sonreír porque, aunque hayan pasado muchos años, resultan tremendamente familiares para cualquiera que haya vivido la diabetes de cerca.
Jordi Cruz ha contado recientemente que su padre tenía diabetes y que en su casa parecía que “las judías con patatas curaban la diabetes”. Lo veía comer ese plato tantas veces que, cuando su madre enfermó, siendo todavía un niño, pensó que aquello debía servir para cualquier enfermedad y se lo preparó también a ella.
La anécdota tiene algo entrañable, pero también refleja muy bien cómo se entendía la diabetes en muchas familias hace unas décadas.
Quienes llevamos tiempo conviviendo con ella hemos escuchado de todo: que si determinadas verduras “bajan el azúcar”, que si hay alimentos prohibidos para siempre, que si un plato concreto es “bueno para diabéticos”, que si basta con dejar los dulces o que determinada infusión puede ayudarnos a controlar la glucosa.
Muchas de esas ideas nacieron con la mejor intención. Padres, madres, abuelos y parejas intentaban ayudar con la información que tenían disponible en aquel momento.
Y la alimentación, por supuesto, importa muchísimo. Pero la diabetes no se cura comiendo judías con patatas, ni existe un alimento capaz de hacer desaparecer la enfermedad.
En diabetes tipo 1 necesitamos insulina porque nuestro organismo ha dejado de producirla. Y en diabetes tipo 2 intervienen muchos factores diferentes: resistencia a la insulina, genética, actividad física, alimentación, peso, edad y otros elementos metabólicos. Por eso el tratamiento nunca puede reducirse simplemente a comer o dejar de comer un alimento concreto.
Lo curioso es que estas creencias familiares se nos quedan grabadas.
A veces incluso décadas después del diagnóstico todavía aparece alguien que te dice: “¿Eso puedes comerlo?”, “Pensaba que los diabéticos no podían comer patatas” o “Mi abuela tenía diabetes y tomaba esto todos los días”.
Y entonces te das cuenta de cuánto ha cambiado nuestra forma de entender la enfermedad.
Hoy podemos conocer la glucosa prácticamente en tiempo real con un sensor, ajustar la insulina a los hidratos que vamos a comer, observar cómo responde nuestro cuerpo a diferentes alimentos y tomar decisiones mucho más individualizadas.
Porque incluso algo tan aparentemente sencillo como unas judías con patatas puede provocar respuestas diferentes dependiendo de la cantidad de patata, la forma de cocinarla, la fibra del plato, la insulina administrada, la actividad física previa o simplemente de cómo esté nuestro cuerpo ese día.
Eso también es una de las grandes lecciones de convivir con diabetes: no existen demasiadas reglas universales.
Existe conocimiento, experiencia y aprendizaje.
Y quizá la historia de Jordi Cruz también explica algo bonito. Con 10 o 12 años descubrió que cocinar podía ser una manera de cuidar a las personas que quería. Primero vio a su padre comer un plato asociado en casa a su diabetes y, cuando enfermó su madre, intentó hacer lo mismo por ella.
Evidentemente las judías con patatas no curaban nada.
Pero aquel gesto infantil sí contenía algo que sigue siendo importantísimo cuando aparece una enfermedad en una familia: querer cuidar.
Y quienes vivimos con diabetes sabemos perfectamente cuánto ayuda tener cerca a personas que intentan entender lo que nos ocurre, aunque algunas veces tengan que desaprender primero aquello de que “esto es bueno para diabéticos” o que “aquello no puedes comerlo”.
Porque seguramente muchos hemos tenido nuestras propias “judías con patatas”.
¿Qué alimento, remedio o consejo sobre diabetes recordáis haber escuchado en vuestra familia?
Saludos,